
Finalmente, tras mes y medio de espera, “Alicia en el país de las maravillas” ha llegado a los cines españoles. Y, posiblemente, esa larga espera, junto con las grandes expectativas generadas ante casi cualquier proyecto dirigido por Tim Burton y protagonizado por Johnny Depp, juegan en contra de una película que, pese a ser una deliciosa locura de principio a fin, no termina de alcanzar ese punto que separa una buena película de una gran película. Aún así, por el simple hecho de evadirse en ese mundo maravilloso e imposible 100% Tim Burton, merece la pena verla.
Probablemente, lo que falla en esta nueva Alicia es su historia. Vale que, a fin de cuentas, está basada en un cuento infantil y va dirigida a todos los públicos. Pero, aún así, un guión un poco más completo y un poco más de peso a algunos personajes serían de agradecer. Y eso que la idea inicial es atrayente: Alicia (Mia Wasikowska), ya convertida en una joven de 19 años, regresa inesperadamente al País de las Maravillas, donde solicitan desesperadamente su ayuda para derrocar a la malvada Reina Roja (Helena Bonham Carter). El problema es que Alicia ya no es esa niña que estuvo allí 10 años atrás, es más, ni tan siquiera recuerda su aventura anterior, y cree estar en un sueño. Los habitantes de Wonderland, con el Sombrerero Loco (Johnny Depp) a la cabeza, tendrán que convencerla de lo contrario y, como bien dice el Sombrerero, ayudarla a recuperar su “muchedad”, para que sea capaz de liderarlos en la lucha frente a la Reina Roja. Fin de la historia.

locos perdidos!
Junto a los tres protagonistas principales, tenemos a otros grandes clásicos del cuento de Lewis Carroll: La Jota de Corazones, el conejo blanco, el gato de Cheshire, la oruga Absolem, los gemelos Tweedledum y Tweedledee, la ratita Mallymkun , etc. Entre ellos, me quedo con el gato de Cheshire, qué le voy a hacer, tengo debilidad por él, su caradura, su enorme sonrisa y sus continuas apariciones y desapariciones esfumándose en el aire. Por cierto, una pasada verlo en 3D. Muy divertidos también los gemelos gorditos y sus contradictorias conversaciones. Y genial la oruga Absolem y sus sabias intervenciones. No me olvido de otras aportaciones como el “Galimatazo”, un señor monstruo que nos presenta una batalla final visualmente alucinante pero demasiado predecible. Ah sí, y también pasaba por allí, medio fumada, la Reina Blanca (Anne Hathaway) …perdonad por olvidar al personaje más insulso de la película, al que por cierto se lo dan todo hecho…así cualquiera gobierna un país.

el gato sonriente
Y si la genialidad del Sombrerero y compañía no fueran suficiente reclamo, el espectáculo visual que nos regala Tim Burton consigue, por momentos, hacernos olvidar los gazapos de la historia. Desde el momento en que Alicia cae por la madriguera del conejo blanco, nos sumergimos en un universo hipnótico, deslumbrante y delirante, que quizá no llegue al nivel de espectacularidad que nos ofrecía hace poco “Avatar”, pero que sin duda los fans burtonianos disfrutarán al máximo. Todo un torrente de imaginación perfectamente acompañado por el compañero musical por excelencia de Tim Burton, Danny Elfman.

la oruga sabia
No quiero olvidar el mensaje de fondo de la película. Un canto a la imaginación, a esa “muchedad” que todos tenemos de niños y que, por desgracia, vamos perdiendo con el paso del tiempo, e, incluso, un toque feminista y rebelde cuando (aviso SPOILERS), de vuelta al mundo real, Alicia planta cara a su horroroso pretendiente y a las estúpidas convenciones sociales de su tiempo y decide vivir su vida sin ceder a la voluntad de nadie.
En conjunto, si aceptamos la sencillez de la historia y la adaptación libre de Burton, “Alicia en el País de las Maravillas” nos lleva en un delirante y loco viaje por un mundo, como bien dice su propia protagonista, imposible, plagado de criaturas fascinantes y preciosos escenarios burtonianos, que bien vale la pena visitar como contrapartida de una realidad donde la imaginación y la locura (en el buen sentido) brillan por su ausencia.

Nota: 8
Lo mejor: Johnny Depp
Lo peor: la excesiva sencillez de la historia